07 diciembre 2016

Cine de fronteras

Cine Teatro Recreio, en Rio Branco
Las fronteras son lugares permeables de intercambio pero a veces barreras burocráticas infranqueables. Quisiéramos que no existieran y que la libre circulación de bienes culturales fuera posible.  Algo de eso se logra en Rio Branco, Estado del Acre, uno de los más pobres y apartados de Brasil, donde Sergio de Carvalho y Marcelo Cordero inventaron hace siete años el Festival de Cine Pachamama, que se ha convertido en ese tiempo en un lugar de encuentro para el cine independiente de Brasil, Bolivia, Perú, Argentina, Chile y otros países de la región.

Llegar desde Bolivia a Rio Branco tiene algo de aventura porque hay pocos vuelos al aeropuerto de Cobija, que aunque es nuevo está pésimamente administrado: no funciona el aire acondicionado y las maletas tardan más tiempo en ser entregadas que lo que se tarda en volar desde La Paz.

Al pasar la frontera se nota la diferencia. Aunque se trata del Estado más pobre de Brasil, hay más orden y limpieza que en ciudades más grandes y “maravillosas” de Bolivia. Los conductores y sus acompañantes usan cinturón de seguridad (se lo abrochan apenas cruzan la frontera), respetan las señales de tráfico y otras normas de convivencia ciudadana. Aunque pequeña, Rio Branco es una capital limpia y luminosa, bien mantenida para atraer el turismo.

Inauguración del festival Pachamama
El Festival Pachamama es el acontecimiento anual de la ciudad. El día de la inauguración la sala principal del Cine Teatro Recreio se llena de familias, cinéfilos, invitados y autoridades, al extremo de que no se podía circular por los pasillos. El entusiasmo se apodera de la población durante más de una semana.

Tenía pendiente participar en el Festival Pachamama desde hace varios años y finalmente pude hacerlo como miembro del jurado de largometrajes, junto a mis colegas Pedro Butcher, crítico de cine de Brasil y Mauro Andrizzi, cineasta argentino.

A final de la semana nos reunimos para llegar a un veredicto y la sintonía fue inmediata, plena coincidencia en las tres películas que seleccionamos, aunque todavía había que argumentar sobre el orden de premiación, lo cual tomó apenas unos minutos más.

Otorgamos el Premio Pachamama a la Mejor Película a Martirio (Brasil, 2016) documental de Vincent Carelli, cuya obra como impulsor de Video nas Aldeias es ampliamente conocida y valorada. Carelli retoma en el film un primer contacto que tuvo 25 años antes con los guaraní kaiowa de Mato Grosso del Sur, comunidades  que a lo largo de su historia han sido despojadas de sus territorios por enriquecidos hacendados para quienes los indios tienen menos valor que las vacas.

Vincent Carelli durante la filmación de Martirio
A la manera de otros films de Carelli este también es el resultado de un largo proceso de producción que incluye escenas testimoniales sobre la vida cotidiana, los ritos y las luchas de esas comunidades, así como datos y documentos históricos que prueban la legitimidad de sus reivindicaciones. Lo interesante es que en este film en particular hay una mayor presencia del realizador con sus reflexiones sobre la responsabilidad y el compromiso de cineasta.

Su posición epistemológica es clara frente a las agresiones y asesinatos de que son víctimas los guaraníes, diezmados al paso de los años por cuerpos de seguridad privada que emplean los hacendados. Dictaduras, gobiernos democráticos o socialistas, han mantenido políticas similares de marginación de los pueblos indígenas, sin aplacar la violencia de los hacendados y de los grandes medios de difusión cómplices del despojo.

Otro aspecto interesante del film es que su producción fue apoyada por centenares de personas mediante el sistema de financiamiento colectivo de base. Es un modo de hacer cine coherente con los fines que persigue el Festival Pachamama.

Ejercicios de memoria, de Paz Encina

Ejercicios de memoria (Paraguay, 2016) de Paz Encina obtuvo el premio especial del jurado. Es una obra excepcional porque aborda el tema de la dictadura de Stroessner y la desaparición de opositores al régimen con una estética que va a contra corriente de lo que el cine documental convencional nos ha acostumbrado: aquí no hay imágenes truculentas, testimonios marcados por el llanto o montajes que a través de la música y de la edición procuran reacciones de adhesión de los espectadores. 

Paz Encina
Todo lo contrario: desde las primeras imágenes del niño que se sumerge en el río como si buscara algo nos damos cuenta de que la inmersión es en la memoria, aquella memoria escatimada durante décadas. Los testimonios de los hijos del Dr. Goiburú, secuestrado y desaparecido, están dichos con voces que inspiran una profunda paz reflexiva, ningún ánimo de revancha, tan solo el deseo de conocer la verdad. Los jóvenes que deambulan a caballo en el bosque transmiten de manera sutil esa impresión de búsqueda que caracteriza al film.

Premio Pachamama
Paz Encina ha realizado una investigación rigurosa para encontrar archivos de valor histórico, pero no exhibe las pruebas de manera abusiva, aunque le sirven de base para realizar un film que fluye como un río. No hay exhibicionismo, apenas el uso en la banda sonora de una delación que impacta, y unas pocas imágenes de archivo que muestran hasta qué punto la dictadura seguía de cerca cada movimiento de los opositores.

Ese “mirar de lejos” o “mirar desde el otro lado del río” la historia a la vez reciente y escondida de Paraguay es una de las virtudes mayores de Ejercicios de memoria. El discurso se arma poco a poco, como un rompecabezas difícil, monocromo, donde al principio todas las piezas se parecen. El tejido de voces permite reconstruir la imagen casi completa, aunque siempre faltarán piezas en esa memoria recobrada.

La manera de contar no es cruenta, sino apacible, con distancia, pero no por ello menos dolorosa: “un desaparecido muere todos los días”, no dice una de las voces. En esta alegoría memoriosa no importa encontrar un esqueleto, sino recuperar un fragmento de historia que pertenece a todos.

Viejo calavera, de Kiro Russo
Así como Ejercicios de memoria parece remitirnos a la pintura impresionista de Monet, Viejo calavera (Bolivia, 2016) de Kiro Russo, que obtuvo el premio a la Mejor Dirección, nos remite al expresionismo en el cine alemán de Pabst o Murnau de hace un siglo. Es un film que deja la percepción de ser en blanco y negro, aunque no lo es, porque las imágenes más memorables son aquellos que transcurren en el interior de la mina o en el campamento minero donde los personajes, vivos o muertos, se desplazan como sombras en medio de la oscuridad casi absoluta.

El hilo conductor es en realidad un “joven calavera”, Elder Mamani, minero que detesta el trabajo en la mina y por lo tanto adopta conductas que son reprobadas por sus propios compañeros de trabajo: vive en un estado permanente de ebriedad y es violento con los demás incluyendo su propia familia. Aún así es tolerado y casi protegido por un tío que lo apadrina con la esperanza de que cambiará su comportamiento.

Si bien la dureza de la vida en las minas es evidente a lo largo del film, lo que más se destaca es la ausencia de perspectivas y de horizonte, lo que contribuye a crear un ambiente asfixiante. Paradójicamente, aunque la principal difusión del film han sido los festivales internacionales, en los que ha ganado premios y menciones, por la menar como hablan los principales personajes estaría dirigida a un público de las minas, que puede entender el “castemillano” (como dice Silvia Rivera) poco comprensible sin ayuda de los subtítulos.

Las otras siete películas en competencia presentan algunos aspectos comunes.
Tanto A cidade onde envelheço (Brasil, 2016) de Marilia Rocha, como Nana (Bolivia, 2016) de Luciana Decker y Os pássaros estao distraídos (Brasil, 2016) de Joao Vieira Torres y Diogo Oliveira, capturan un segmento de realidad documental o de docu-ficción que muestran con empatía personajes en su vida cotidiana. Son segmentos que no tienen un atractivo argumental y que recuerdan mucho el cinema verité o el nouveau roman de Alain Robbe-Grillet, donde la cámara adopta una mirada descriptiva neutra sobre personajes no necesariamente interesantes, salvo la primera de ellas, muy bien filmada, con dos jóvenes actrices portuguesas de enorme potencial.

El punto de partida de Las lecturas (Perú, 2015) de Lorena Best Urday y Las calles (Argentina, 2016) de María Aparicio es muy similar: una suma de entrevistas en torno a un mismo tema, que permite rescatar el amor por los libros en el primer caso y la memoria de un pequeño pueblo en el segundo.

Finalmente Beduino (Brasil, 2016) de Julio Bressane, un film experimental autoreferencial bastante egocéntrico, y Wik (Perú, 2016) de Rodrigo Moreno del Valle, un intento fallido de película de acción donde la carestía de presupuesto (y de ideas) se nota en cada momento.

Fuera de competencia estaba Todo comenzó por el fin (Colombia, 2016) de Luis Ospina, un autorretrato exhaustivo del llamado “grupo de Cali” (Ospina, Mayolo y Caicedo) que en su momento  quiso plantear un cine (o teatro) a contra corriente del cine latinoamericano de los años 1970, dominado por la política. Como en casi todos los films anteriores, Ospina aparece delante de las cámaras, como personaje, y a partir de su enfermedad (un cáncer de páncreas y duodeno), reconstruye la memoria del grupo y de la amistad que unía a todos sus miembros.

Hay cierta autocomplacencia, narcisismo colectivo y exhibicionismo en todo el tratamiento, a partir de la idea de que cada uno de los miembros de ese grupo (sobre todo los tres varones), era excepcional y merecía por lo tanto trascender en la historia de la cultura cinematográfica colombiana. Queda, al final de cuentas, un documento muy completo sobre ese grupo generacional.

Ignacio Agüero
No solo hubo cine en la séptima edición de Pachamama, Cine de Fronteras, sino también numerosas actividades paralelas: homenajes (al músico popular Monteirinho, al actor y payaso Luiz Carlos Vasconcelos y al cineasta chileno Ignacio Agüero), debates, presentaciones de libros, talleres de capacitación y otras actividades en los barrios.

Silvia Rivera ofreció en la Universidad Federal del Acre (UFAC) una conferencia sobre su libro más reciente, Sociología de la imagen, que entusiasmó a su audiencia. En la misma UFAC me invitaron a compartir el escenario con Pedro Butcher para dialogar sobre “Cine y periodismo” desde nuestras experiencias personales en la escritura y la crítica cinematográfica.

Silvia Rivera
Además se presentaron varios libros, como Inevitavelmente Cinema: Educaçao, Política e Mafuá de Cezar Migliorin, y Estética del encierro de Sebastián Morales. Junto a Sebastián y a Silvia Rivera, los otros bolivianos presentes en el festival éramos Claudio Sánchez y yo.

Al cabo de la semana del Festival Pachamama uno queda con el sabor de la diferencia, la certeza de que en nuestra región hay otro cine que no es el que satura las pantallas comerciales con su sensacionalismo y sus efectos especiales.
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Dios no ha creado fronteras.
Mi objetivo es la amistad con el mundo entero. 
Mahatma Gandhi

(Una versión corta de este texto se publicó en Página Siete, el domingo 4 de diciembre 2016)    

02 diciembre 2016

Gilka Wara, homenaje a la vida

Camino entre los enormes cuadros de la selva pintados por Gilka Wara Libermann y me siento en un sendero flanqueado por una vegetación exuberante y lujuriosa.  Siento las miradas detrás de los árboles y entre las hojas. Movimientos apenas perceptibles en el agua, ojos que se asoman para mirarme desde el fondo de los colores vivos. Me observan animales y plantas como si los pinceles y espátulas de Gilka les hubieran dado vida. No están prisioneros en el cuadrilátero de los bastidores, están protegidos por Gilka.

La muestra “Homenaje a la vida” que Gilka Wara Libermann inauguró en el Espacio Patiño el 23 de noviembre 2016 es una aventura de color y de propuesta plástica y expresiva, pero además tiene un objetivo noble: relacionarnos a aquellos animales de nuestros bosques que están en peligro de extinción, aquellos que se mimetizan en el follaje, aquellos que emergen de aguas prístinas en los ríos tropicales, aquellos que alzan vuelo en un cielo que se ha visto reducido por el avasallamiento de los hombres.

En total, 46 obras grandes y medianas, y 33 de dimensiones más pequeñas. 

Osos jucumari, pumas americanos, nutrias, monos titi y aulladores, parabas y guacamayos, bufeos rosados y lagartos verdes, boas, perezosos, jaguares, tucanes, caimanes, capibaras y ñandús, quirquinchos y guanacos, osos hormigueros, sapos, tortugas y pájaros de diversa índole pueblan  esa mirada pictórica que quiere abarcar la naturaleza de nuestro país.

Pero el imaginario de Gilka Wara va mucho más lejos, le da la vuelta al planeta porque rescata en otras latitudes a gorilas, rinocerontes y leones africanos, tigres de Bengala y osos polares y pingüinos, orcas, focas, pulpos, cocodrilos y tortugas de mar. También hipocampos, esos frágiles caballitos erguidos que aluna vez, en uno de mis poemas, afirmé que pertenecen al ámbito de la zoología fantástica.

Y luego están algunos cuadros auto-referenciados, que son la manera que tiene la artista de decir que ella también es parte de esa naturaleza. “Gilka con colibríes”, “Soñando con  la naturaleza” y un homenaje a su padre, “Don Jacobo”, son algunas de estas obras donde autorretrata su espíritu, no su cuerpo.

No estoy inventando nada nuevo cuando repito que el animal más depredador que haya jamás existido es el hombre (y la mujer, puesto que hay equidad de género también en esto). La contaminación de los ríos que pasan por las ciudades andinas y desembocan en los valles, llanos y selvas, y el avance de la frontera agrícola-industrial, son factores que arrinconan en espacios cada vez más reducidos a la fauna y flora boliviana. No quisiéramos perder nuestra condición de ser un país que está entre los 12 con mayor diversidad biológica del mundo.

Me gusta zambullirme en la pintura de Gilka Wara Libermann porque es como darse un baño de esperanza. Quizás el mundo pueda recapacitar y dar unos pasos atrás para recuperar lo que estamos perdiendo irresponsablemente. La pintura de Gilka me permite apreciar los olores y sabores de la selva para entenderla mejor y para entenderme mejor como persona que interactúa cotidianamente con  la naturaleza.

No es necesario estar en los bosques para interactuar con ellos, desde las alturas altiplánicas también los estamos afectando. Las acciones en el manejo de basura y del agua repercuten en esos espacios todavía vírgenes que Gilka protege con su pintura y con su forma de vivir en equilibrio con la naturaleza que la rodea.

¿Cómo hace Gilka Wara Libermann para poblar su pintura de selva, ríos tropicales y animales salvajes desde su casa camino a Palca, un mirador austero hacia el imponente Illimani? Le digo que algunos llegan hasta UNI para pintar el Illimani, y ella, que ahí vive, imagina y pinta la selva… “He viajado mucho, he visto mucho, y aquí en esta austeridad me inspiro y pinto con gran felicidad. Con tantas noticias sobre animales en peligro de extinción, me duele el corazón”. Allí, en ese espacio aparentemente seco y aislado, Gilka rescata su visión de un presente todavía pleno de esperanza, en el que la armonía de los ecosistemas garantiza nuestra sobrevivencia como seres humanos.

Cuando le preguntó sobre sus motivaciones para producir esta obra llena de alegría y amor por la naturaleza, responde con la timidez y la humildad que siempre la han caracterizado: “Quiero mostrar a la gente, especialmente a los niños, cuales son los animales en peligro de extensión en Bolivia. Quiero que los estudiantes de los colegios aprendan, voy a hacer un concurso de pintura para ellos, para sensibilizarlos y educarlos, porque a veces son indiferentes a esa problemática”.

Esta no es una artista altanera sino una trabajadora del arte que pone su talento al servicio de los sueños. Gilka pinta desde niña y cuando le pregunto si siente que su expresión pictórica ha evolucionado a través de los años, me dice que no, que sigue siendo en esencia la misma expresión: “Se mantiene el color, el color, los personajes, algunos fantásticos que integro al mundo de la selva”.

Su sencillez le impide decir más sobre sí misma, pero Carmen Perrin, la escultora boliviana radicada en Suiza que me acompañó en la visita, hace un comentario de artista a artista: “En sus colores hay una armonía que es más que rica, muy auténtica. El arte de Gilka tiene una relación con la infancia pero también con el arte abstracto. Su trabajo nos toca mucho a los que ejercemos arte contemporáneo europeo, porque en el color encontramos un camino para sentirlo y vivirlo”.

Cada uno de sus cuadros es un laberinto en el que da mucho gusto extraviarse, permanecer horas deambulando en busca de la salida. Puedo mirarlos muchas veces y descubrir cada vez algo nuevo, otro animal agazapado, otra mirada que me mira, otra forma que me sugiere los caprichos con los que se vise la naturaleza y con los que Gilka viste sus obras.

Siento que recupero el alma de mi infancia, la curiosidad por las formas y los colores, el deseo de aventura y el atrevimiento del descubrimiento, ese impulso de revelar lo que se esconde en cada cuadro. Así como me cautiva la variedad de colores en la paleta de Gilka, admiro también el uso que hace de los blancos en las escenas de agua o de hielo.  Hay una limpidez magnífica en esas obras depuradas como el “Oso polar en el agua”, el “Pingüino emperador”,  La delicadeza de “Soñando con la naturaleza” me enamora.

Aquí no se trata de retratos de animales, sino de representar contextos en los que esos animales viven, un hábitat que se ha desarrollado desde tiempos milenarios, y que hoy una topadora o retroexcavadora puede destruir en pocos días siguiendo las instrucciones de políticos y planificadores codiciosos y ávidos de poder y de dinero fácil.
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El arte es el hombre añadido a la naturaleza.
—Vincent van Gogh

(Artículo publicado en “Tendencias” de La Razón, el 20 de noviembre 2016)
  

25 noviembre 2016

El diablo en festivales

Los festivales de cine son cada vez más numerosos en el mundo.  Si uno hace la cuenta, hay más festivales de cine que días en el año. Los hay de todo tipo y categoría y suelen ser espacios donde se ve el cine que no llega a la gran pantalla, o son el trampolín para llegar a ella.

En un primer plano están los festivales internacionales clásicos, las pasarelas del gran cine mundial: el Festival de Cannes, el Festival de Venecia, el Festival de Berlín, el Festival de Toronto, el de San Sebastián... También hay “premios” que no son propiamente festivales, como el Oscar de Estados Unidos, el Goya de España, el César de Francia o los Premios Platino de Iberoamérica a los que me ha tocado asistir como invitado un par de veces.

Luego, hay festivales regionales importantes, donde se puede ver todo el mejor cine que se produce en el año. En nuestra región destaca desde 1979 el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano (en La Habana), el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI) creado en 1960, y el Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG) que ha crecido como la espuma hace unos diez años cuando Jorge Sánchez le dio el impulso definitivo.

Otros festivales latinoamericanos con vocación regional y pretensión internacional no han logrado ese mismo despegue a pesar de apoyos institucionales, por ejemplo el Festival de Cine Latinoamericano y Caribeño de Margarita (Venezuela), el Festival de Cine de Bogotá, el Festival de Cine de Lima (Perú), entre otros.

Curiosamente, hay varios festivales europeos que se especializan en el cine latinoamericano. Así comenzó el de San Sebastián hace muchos años, y también el Festival de Cine de Huelva (España), el Festival de Cine Latinoamericano de Toulouse (Francia), la Muestra de Cine Latinoamericano de Cataluña, y el Festival de Cine Latinoamericano de Utrecht (Holanda) de corta duración.

Hay eventos de cine que incluyen una discreta dimensión internacional, pero que no dejan de ser nacionales, como el Festival Internacional de Cine de Toluca (México), el Festival Internacional de Cine de Barichara (Colombia), el Festival de Cine de Cuenca (Ecuador), Festival Internacional de Cine de Barranquilla (Colombia), Festival Internacional de Cine de Santa Cruz (Bolivia) y tantos otros que podríamos llenar un libro con las listas.

Cada ciudad quiere su festival de cine y hay muchos que reciben producciones extranjeras, de modo que por cálculo de probabilidades si un cineasta envía una película a diez o veinte de ellos, puede obtener un premio o mención en alguna de las múltiples categorías, y adornar así con laureles su cartel publicitario. Es una lotería. Bingo.

También hay festivales especializados en temas o con sesgos específicos, como el Festival de Sundance que organiza Robert Redford o el de Tribeca que organiza Robert de Niro en New York, especializados en cine independiente. Hay festivales de cine de terror, como el más emblemático, en Sitges, Cataluña. Entre los de cine de animación destaca el de Annecy (Francia). Otros se concentran en cine documental, de cortometraje, experimental, sobre medio ambiente, derechos humanos, música, cine indígena y otras categorías para todos los gustos y con todos los sabores.

Ojo, que he mencionado solamente algunos de esta parte del mundo occidental, porque en Asia, África, Oceanía, hay muchísimos más.

En diferentes capacidades –ya sea como jurado, como director o como ponente- me han invitado a unos treinta festivales, como aquellos de cine Súper 8 que tuvimos en Kelibia (Túnez), Toronto y Montréal (Canadá), Bruselas (Bélgica), Caracas (Venezuela), Ciudad de México, Zacatecas y San Luis Potosí (México).

He sido jurado en el Festival Internacional de Cine Latinoamericano en La Habana (Cuba), en el Séptimo Festival de Cine de Málaga (España), en el Tercer Festival Latinoamericano de Teleducación Universitaria, en las XI Jornadas Cinematográficas de Cartago (Túnez), en la XXXVI Semana Internacional de Cine de Mannheim (Alemania) en el Festival Llama de Plata, en el Cóndor de Plata y en el IV y el XI Festival Internacional de Cine y Derechos Humanos en Sucre (Bolivia), entre otros.

Recibiendo el "Diablo de Oro" en Oruro
Como director y panelista estuve en el primer y en el tercer Encuentro de Cine Militante en Rennes (Francia), en el Segundo Festival de Cine Rural (París), en el Festival de Films Prohibidos en Toronto (Canadá), en la Bienal Internacional de Cine y Arqueología en Tipaza (Argelia), en el XI Festival Panafricano de Cine en Uagadugú (Burkina Faso), en el XXIX Festival de Cine Latinoamericano de Huelva, y muchos más.

No vale la pena extender la lista porque lo que quiero es mencionar el V Festival de Cine “Diablo de Oro” en el que participé recientemente en Oruro, donde ofrecí la conferencia “Cine, memoria y democracia” y recibí en la ceremonia de clausura un “Diablo de Oro” como homenaje a mi trayectoria, junto a Jorge Sanjinés, el gran actor Luis Bredow y al fundador de ese festival, Juan Pablo Ávila. Dediqué la estatuilla dorada (que, sinceramente, es más un diseño artesanal que una obra de arte) a mi amigo y gran orureño Luis Ramiro Beltrán, ido hace 16 meses, el 11 de julio de 2015.

Alejandro Pereyra, Jorge Sanjinés y Alfonso Gumucio
Durante la semana del festival se exhibieron películas bolivianas: Carga sellada de Julia Vargas, Juana Azurduy, guerrillera de la patria grande de Jorge Sanjinés, Luz en la copa, Mirar y Verse de Alejandro Pereyra, Boquerón de Tonchy Antezana, y otras producciones que no llegaron a los premios. La película de Jorge Sanjinés se llevó cinco estatuillas,  Alejandro Pereyra se llevó dos y otras diez producciones fueron reconocidas en varias categorías.

Además se realizaron actividades paralelas como un taller de actuación a cargo de Juan Carlos Aduviri, y otro de banda sonora con Oscar García. El actor David Santalla y el director Paolo Agazzi fueron también homenajeados por su trayectoria.

Es estimulante que la ciudad minera logre mantener un festival de cine que cada año crece en importancia con el concurso de instituciones locales como el Club Oruro, la Alcaldía o la Carrera de Comunicación de la Universidad Técnica de Oruro. En 2016, por primera vez bajo la dirección de Walter Salguero, un joven meticuloso e inquieto, todo transcurrió sin problemas, gestionando de manera eficiente los pocos recursos con que cuenta el festival.
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Un buen principio y un buen final hacen una buena película siempre y cuando no pase mucho tiempo entre uno y el otro.
Federico Fellini  

(Una versión corta de este artículo se publicó en Página Siete el 19 de noviembre 2016) 

20 noviembre 2016

Ministerio de sobra

Así como celebré años atrás la creación del ministerio de Comunicación, ahora pienso que ese ministerio sobra y debería desaparecer, porque no es más que una institución de propaganda con 50 o 100 veces más presupuesto del que tenía como Secretaría de Informaciones de la Presidencia.

Marianela Paco
Tuve la esperanza de que se convirtiera en un ministerio encargado de formular política pública en el campo de la información y de la comunicación (que no son la misma cosa), pero lamentablemente cumple un papel idéntico al que desempeñaba la Secretaría de Informaciones de la Presidencia: publicitar la mesiánica figura presidencial en una campaña electoral cotidiana que ya dura once años. Y lo hace con recursos públicos que podrían destinarse a la cultura, a la salud o a la justicia, que tiene la tajada ridícula de 0.4% del presupuesto general, en un país donde brilla por su ausencia o sobresale por los escándalos de corrupción.

Cuando Amanda Dávila asumió el cargo de ministra de Comunicación publiqué en Nueva Crónica un artículo donde recogí con beneplácito, aunque a la vez con cierto escepticismo, las declaraciones que hizo la ministra en sentido de que su gestión se caracterizaría por el diálogo con los periodistas y su decisión de convertir al ministerio de Comunicación en promotor de políticas de Estado en el campo de su competencia.

En pocas semanas Dávila se vio arrastrada por la vorágine de producir publicidad diaria para el ensalzar la figura del macho Morales, una pirámide personalista que no solamente opaca a todas las demás instancias del gobierno y del Estado (que tampoco son sinónimos), sino que subraya un culto a la personalidad parecido al de Kim Il-sung y otros longevos dictadores de otras regiones del planeta.

Son vergonzosas las imágenes tamaño natural del presidente, cubierto de medallas como cualquier autócrata asiático o africano, que se exhiben en las ferias de propaganda del ministerio para que la gente se pueda fotografiar a su lado. Y si uno examina las colecciones de libros que publica ese despacho, con abundantes fotos de Evo Morales en las portadas y en todas las páginas, resulta intolerable pues se hace con recursos públicos que tendrían un destino mejor si el gobierno se preocupara por los problemas del país.

Y qué decir del “logo” que ha sido creado con la cara de Morales y que se coloca en todas las obras del Estado, en todas las cabinas del teleférico y en toda publicación del gobierno. Es una “imagen de marca” vergonzosa porque se apropia de obras realizada con fondos públicos.  Algo nunca antes visto, ni en dictaduras militares.

No conozco en ningún otro país de nuestra región una presencia tan abusiva de la imagen presidencial en todas las obras del Estado y en todos los medios de información públicos que deberían manejarse con criterios de servicio a la colectividad y no como amplificadores de la campaña política de una persona que acumula tres cargos: presidente de la república, presidente del MAS y de las seis federaciones de cocaleros del Chapare, las mismas que producen el 94% de la hoja de coca destinada a hacer cocaína. Pregunto una vez más: ¿a quién le vende el cocalero Morales la coca de su qatu?

Ni en Perú, ni en Ecuador, ni en Colombia, ni en México –que son países donde viajo con frecuencia- he observado semejante bombardeo publicitario con la imagen del presidente. Es un culto a la personalidad delirante y abusivo.

Amanda Dávila
Cuando creí que Amanda Dávila corregiría las metidas de pata de Iván Canelas (más tarde convertido en hagiógrafo presidencial y premiado con un puesto invisible en el directorio de Entel y luego con otro visible en la gobernación de Cochabamba), eso no sucedió. Ambos rifaron para siempre su prestigio como periodistas y mostraron la misma actitud de ponerse de cuatro patas reverenciando al líder supremo (y gastando para ello millones del erario). El caso de Dávila fue más triste, pues tuvo que soportar sumisamente la conocida torpeza misógina del primer mandatario que le ordenaba traer café en las reuniones de gabinete, aunque ella, según cuentan no accedía a ese pedido. Hizo también oídos sordos de la copla misógina tan celebrada por el presidente: “las ministras van por los balcones pidiendo dinero para sus calzones”.

Dicen que la propia Amanda Dávila recomendó a Marianela Paco como sucesora. Si es cierto, es una jugada maquiavélica, porque Paco es ineficiente, doblemente rastrera y rabiosa, que desde el día uno de su gestión se ha enfrentado a los medios de información y a los periodistas. Es como si Dávila hubiera recomendado a la peor sucesora posible para que la gente comente, como hace ahora, que con Amanda Dávila el ministerio estaba mejor. Por comparación, Dávila queda mejor pintada en la efímera historia de los que pasan por el poder.

Marianela Paco (que no se saca el sombrero ni delante del papa Francisco), no tiene idea de lo que es la información, menos aún la comunicación. Tampoco sabe de transparencia: esconde las cifras de lo que gasta, cuando es su obligación darlas a conocer. Comenzó su gestión echando a un centenar de funcionarios, multiplicó el presupuesto de propaganda y se trenzó en peleas desgastantes con periodistas de renombre. Basta verla en televisión para darse cuenta de que es una persona ríspida y agresiva, que confunde la militancia partidista con servilismo y obsecuencia.

Hace poco se habló de la enfermedad de Marianela Paco, quizás sea el preludio de su salida en el próximo reajuste de gabinete. Probablemente la premien por haber convertido una cartera tan importante en la agencia de publicidad de una persona.

Sería el momento indicado para que el ministerio de Comunicación desaparezca y vuelva a ser una secretaría en la presidencia, porque nadie que sustituya a Paco podrá cambiar la dinámica de ese ministerio, completamente sometido por los caprichos de un tipo autoritario, soberbio y torpe.
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Los políticos son siempre lo mismo.
Prometen construir un puente aunque no haya río.
—Nikita Jrushchov


(Una versión más corta se publicó en Página Siete el sábado 19 de noviembre 2016)