21 abril 2017

La memoria organizada

Edgar "Huracán" Ramírez
No sé qué es lo que me impresionó más, si la magnitud de la documentación del archivo o la dedicación de quienes allí trabajan. Me refiero al Sistema de Archivo de la COMIBOL uno de los más importantes de Bolivia en cuanto a su riqueza documental, pero sobre todo al servicio integral que presta.

No existiría, o acaso de manera precaria, sin el ejercicio cotidiano de un celoso guardián: Edgar Ramírez Santiesteban, exdirigente minero que encontró la vocación de su vida y la dedica a este proyecto que abarca varias generaciones. Edgar es como esos dragones que guarda la entrada de una cueva mítica. Cuida el archivo con un celo equiparable al de Gunnar Mendoza en el Archivo y Biblioteca Nacional de Bolivia y al de Luis Oporto Ordóñez en la Biblioteca del Congreso.

Las instalaciones del Archivo de la COMIBOL en El Alto distan de ser una cueva iluminada. Dos modernos edificios de dos pisos cada uno, con amplios pasillos interiores, albergan las colecciones de documentos que incluyen los de las empresas de Patiño, Hochschild, Aramayo y otros que hicieron de la minería una fuente de riqueza y opulencia. Patiño, ya lo sabemos, llegó a ser el hombre más rico del mundo.

En el exterior del archivo se guardan viejos vehículos blindados de lujo que pertenecieron a los gerentes de la Patiño Mines y que se van a restaurar para un museo en ciernes, al igual que la rotativa del diario La Razón, el diario de la oligarquía minera del siglo pasado.

Son tantos los archivos que se conservan, que solamente es posible cuantificarlos por metros lineales: 40 kilómetros en total, de ellos 18 mil metros en el archivo en El Alto. Los expedientes de miles de trabajadores mineros están perfectamente organizados en el archivo. El día de mi visita Edgar Ramírez tenía a mano el folder completo de Oscar Salas, fallecido unos días antes. También el de Juan Lechín, el de Simón Reyes, el de Víctor Paz Estenssoro, quien trabajó como abogado en la Patiño Mines antes de lanzarse a la política.

Edgar “Huracán” Ramírez cuenta que el año 1990 algunos dirigentes de la FSTMB se enteraron a través de Hans Möller, que los documentos de la COMIBOL iban a ser destruidos, pero no pudieron hacer nada en ese momento porque “se vino la debacle” de la minería boliviana y fueron retirados de sus trabajos o enviados a otras minas.

A su regreso Ramírez encontró todos los archivos a la intemperie, en el patio a descubierto, de modo que lo primero que hicieron fue meter la documentación bajo techo en cuatro galpones y tratar de organizar de manera artesanal lo que había.  En esa primera etapa el concurso de Luis Oporto Ordoñez fue fundamental, ya que ayudó a redactar el texto de un decreto presidencial que firmó Carlos D. Mesa durante su presidencia, y que estableció la responsabilidad que tenía el Estado boliviano de salvaguardar esos documentos.

A partir de ese decreto el apoyo del Estado ha sido consistente y ha permitido dotar al archivo minero de todo lo necesario para preservar, restaurar, clasificar, digitalizar y poner los documentos al servicio de los investigadores. Actualmente se cuenta además de los documentos con una biblioteca,  una hemeroteca, una mapoteca, una colección de fotografías, documentación  cartográfica, mapas, 47 mil planos de prospección y de explotación minera, pero también planos detallados de las herramientas que la propia COMIBOL fabricaba, adaptadas a las necesidades de nuestra minería.  

“Es un archivo políglota –dice Ramírez- porque tenemos documentación en inglés, español, francés, italiano, alemán, documentación en japonés, incluso en hebreo en el fondo de Hochschild”.

No es este el primer archivo en el que Edgar Ramírez se involucra con la misma pasión. El primero fue el archivo de la Federación de Mineros (FSTMB), parcialmente destruido durante el golpe militar de García Meza. A partir de 1985 Edgar pudo rescatar de los sindicatos una buena parte de la documentación. El segundo archivo que salvó fue el de la empresa Aramayo Francke en Tupiza, y logró que la alcaldía se hiciera cargo de protegerlos y custodiarlos.

El archivo de COMIBOL, con sus más de 15 años de existencia, es donde se concentra la mayor cantidad de documentos. Además de la sede en El Alto, forman parte del mismo archivo los de Oruro y Potosí, con los que se mantiene permanente contacto mediante video conferencias. La Unesco declaró a una parte del archivo como Memoria del Mundo en 2016. “De la basura estos documentos se están convirtiendo en patrimonio de la humanidad”, dice Ramírez citando a un periodista que formuló esa frase.

“Decidimos que esto se convirtiera en un archivo que trate de romper los esquemas de los archivos convencionales. Normalmente los archivos sirven para que los investigadores estudien el pasado, pero para nosotros este archivo permitiría encontrar la información para reconstruir la minería boliviana”.

El archivo tiene cuatro secciones en cada uno de los cuatro fondos (Patiño, Hochschild, Aramayo y COMIBOL), que a su vez tienen sub-fondos de otras empresas. Una sección es la financiera, otra de recursos humanos, otra de documentación técnica y finalmente la alta dirección de COMIBOL. Los primeros documentos sobre la existencia de COMIBOL, que datan de 1952 (incluso unos días antes de la nacionalización de la minería), están allí, curiosamente en archivadores de la Patiño Mines.

Una sección técnica del archivo tiene tanta importancia estratégica, que funciona como la bóveda de un banco, donde nadie tiene acceso fácil, ni siquiera el director de la institución, que tuvo que tocar la puerta varias veces hasta que le abrieran para que pudiéramos visitar el área juntos.

Las puertas y las mesas de trabajo están vigiladas permanentemente por cámaras y ni siquiera los investigadores externos tienen acceso a este repositorio que conserva todos los estudios de minería realizados con apoyo de la cooperación internacional, con un detalle que sorprende: cada mina, cada socavón, cada veta de mineral estudiada en detalle, con la composición del mineral, la extensión de la veta, su potencial de explotación. Para Ramírez, no es necesario seguir gastando en millonarias prospecciones, pues toda la información está allí y solamente el Estado debe utilizarla en beneficio de la población boliviana.

Tesis de Pulacayo, original
Si esta sección es un “tesoro” potencial de riquezas minerales, el archivo cuenta con muchas otras joyas que sí pueden mostrarse y que son un festín para los investigadores. Por ejemplo, una copia original de la Tesis de Pulacayo, paradójicamente mecanografiada en papel membretado de la empresa minera de Patiño, el rey del estaño. También está la “antítesis” de Pulacayo, un folleto firmado por Juan Íñiguez y Antonio Llosa. Otro archivo curioso es el de los informes de los delatores que pasaban información detallada a la policía o a la gerencia de la empresa sobre los movimientos ‘subversivos’ de los trabajadores.

Foto de Jean-Claude Wicky
Gigantescas fotos de Jean-Claude Wicky, un gran mural en la escalera de entrada, varias esculturas relacionadas al tema minero hacen del ambiente de trabajo del archivo un espacio de convivencia y complicidad entre los 32 trabajadores de El Alto (48 en todo el país). Motivados, todos participan en las decisiones y en la administración. Muchos han descubierto una vocación que no sospechaban que tenían. Y el visitante se siente en casa por la cordialidad y el compromiso de todos.
_________________________________________________________________ 
Los hombres y pueblos sin memoria, de nada sirven;  
ya que ellos no saben rendir culto a los hechos
del pasado que tienen trascendencia y significación;
por esto son incapaces de combatir
 y crear nada grande para el futuro.
—Salvador Allende




16 abril 2017

Somos basura

Basurero nulo y basura esparcida en plena Plaza Abaroa
No es la primera vez que me refiero a la basura que agobia la ciudad de La Paz, contamina sus ríos y caracteriza el comportamiento cochino de sus habitantes.

Las semanas recientes han estado marcadas por conflictos alrededor de la basura en la ciudad de La Paz y por las acciones del Gobierno Autónomo Municipal para ofrecer soluciones. Alrededor de la basura, de la que algunos somos más conscientes o culpables que otros, se han tejido también malicias políticas de militantes del MAS tratando de sacar ventaja de la crisis para debilitar a las autoridades municipales.

Los problemas son enormes porque hasta ahora la ciudad no había podido tercerizar un servicio de limpieza eficiente que pudiera hacer frente no solamente a las dificultades propias de una ciudad enrevesada y compleja, sino sobre todo a vecinos indolentes, mal educados y depredadores del medio ambiente.

Así como decimos “somos lo que comemos”, deberíamos decir “somos lo que botamos”. Mi conclusión: somos basura. Por mucho que se avance en términos de infraestructura, no mejorará la situación mientras no se sancione a lo malos ciudadanos que echan la basura en cualquier lugar, a cualquier hora y en recipientes inadecuados. Todo ello se multa en ciudades del mundo civilizado.

En países bien educados la gente separa los desechos sólidos de los biodegradables, los dispone en bolsas resistentes que se cierran (no cualquier saco de plástico de supermercado que los perros callejeros hacen trizas), las sacan a la calle a las horas indicadas en que pasan los camiones de recolección o las depositan en recipientes ubicados en lugares estratégicos de cada barrio.

París tuvo una crisis en 1986 cuando se produjeron los atentados de bombas colocadas en basureros, a puertas de la tienda Tati. Durante más de un año se retiraron todos los basureros metálicos de la ciudad y ésta se volvió un chiquero, pero luego se resolvió el tema colocando nuevos recipientes: un aro metálico del que cuelga una bolsa de plástico transparente muy resistente.

En La Paz se han cometido errores en gestiones anteriores, colocando basureros de metal minúsculos e incómodos, donde no caben ni tres botellas de plástico. Son basureros inservibles que deberían ser retirados y remplazados por contenedores grandes, como ya ha empezado a suceder por toda la ciudad, aunque varios de ellos fueron quemados por vándalos.

Ahora podemos escuchar a lo largo del día la suave música de los camiones compactadores de basura de La Paz Limpia (LPL), la empresa que el Gobierno Municipal ha contratado. Pasan cuatro o cinco veces al día porque en esta ciudad la gente bota basura a cualquier hora, sin disciplina ni cuidado. El rio Choqueyapu se ha convertido en una cloaca por tanta basura que echan los vecinos y las fábricas. Las gaviotas que vuelan sobre el rio se han vuelto carroñeras.

Para frenar la contaminación ambiental, en ciudades más ordenadas los mercados ya no regalan bolsas de plástico, sino que las cobran. Aunque el costo es insignificante, tiene un efecto positivo en el cambio de comportamiento de las personas, que ahora llevan a los supermercados sus propias bolsas de tela.

En los parques públicos de la Ciudad de México se leen letreros: “No sea cochino, sea buen vecino”. En La Paz, los parques están encerrados detrás de rejas para que la gente no los ensucie y destruya.

El Teleférico, el Puma Katari y las cebras han logrado educar un poco a la población y despertar algo de conciencia ciudadana, pero mi optimismo se viene abajo cuando caigo en cuenta de que la actitud ha cambiado a la fuerza: o se hace fila o no se puede usar esos medios de transporte. O cede su asiento o se hace llamar la atención. Disciplina forzosa porque no hay otra manera de que la gente entienda. Los vecinos son cochinos por falta de educación.

Las imágenes de la basura que dejaron los peregrinos católicos en Copacabana son lamentables. La falta de educación generalizada hace que la mayor parte de la población sea cochina y carezca de un mínimo de conciencia social de lo que es vivir en comunidad. 

No van a mejorar su comportamiento hasta que no les pongan multas que duelan. No cambiarán de actitud hasta que no sean sancionados. Quizás más adelante, cuando la mayoría haya aprendido a comportarse, esa sanción será de tipo moral y provendrá de los propios ciudadanos ya educados, pero por el momento la mayoría está en el lado cochino de la vida.
_______________________________ 
Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras.
Jorge Luis Borges

 (Publicado en Página Siete el sábado 8 de abril 2017) 

10 abril 2017

Grafiti arte y grafiti perro

Banksy
Dice la Real Academia Española (RAE) de la lengua que ‘grafiti’ (del italiano graffiti, plural de graffito) es una “Firma, texto o composición pictórica realizados generalmente sin autorización en lugares públicos, sobre una pared u otra superficie resistente”.

Como definición vaya y pase, pero dice poco de lo que significa el grafiti en términos expresión política, artística, sociológica y urbanística. Las ciudades del mundo están llenas de grafiti y las ciudades bolivianas no son la excepción. No es un fenómeno nuevo, todo lo contrario ha sido ya consagrado por intervenciones urbanas como la de Banksy y tantos otros.

Si en su origen, que podría remontarse a la época de las cavernas, el grafiti era anónimo, ahora es producto de artistas reconocidos o de perros…. desconocidos. Me explico: hay por lo menos dos categorías de grafiteros: los artistas y los perros. En la primera categoría hay dos vertientes: los artistas que expresan color y belleza y los que expresan a través de palabras posiciones políticas e ideológicas.

En la segunda categoría, la de los grafiteros perros, lo que se pretende es marcar territorio, como hacen los perros cuando mean sobre un arbusto, un poste o un muro. Generalmente este tipo de grafiti es solamente una firma, un signo incomprensible para el ciudadano común, pero que revela una pugna territorial, un afán de delimitar el espacio de un barrio y de irritar a los vecinos con una señal de vandalismo impotente.

Grafiti perro: marcar el territorio
El grafiti perro suele irritar a los vecinos que se esfuerzan en mantener las paredes de sus casas limpias y bien presentadas y no entienden que mientras más blanca sea la pared, más invita a mancharla, a llenarla de signos que hablan de identidades frustradas, que se expresan  con rayas y manchas como si de ello dependiera su vida. ¿Qué pensarán los perros cuando se acercan a un muro, lo huelen y le echan encima un chorro de orín?

Los muros de la ciudad han sido siempre espacios en disputa y eso es algo que no me desagrada, todo lo contrario. Me vienen a la memoria tres momentos que tienen que ver con mi propia experiencia. Todos representan los encuentros furtivos entre los muros y los ciudadanos.

París, mayo de 1968
El primero en París, cuando los muros hablaban del movimiento estudiantil de mayo de 1968, donde no se trataba solamente de expresar una revuelta sino de cambiar colectivamente la vida de la ciudad. De ahí los famosos grafiti filosóficos y poéticos “Sous les pavés la plage” (“debajo del adoquinado está la playa”), “Soyez realistes, demandez l’impossible” (“Sean realistas, pidan lo imposible”), “Il est interdit d’interdire” (“Está prohibido prohibir”) y tantos otros.

En otro momento posterior, cuando viví en Nueva York, una legión de grafiteros se encargaba de ingresar en las noches en los depósitos donde se guardaban los vagones del metro (subway) que al día siguiente circulaban bellamente decorados. Las autoridades se cansaron de borrar esas manifestaciones de hedonismo individualista y terminaron convocando a los grafiteros para invitarlos a pintar respetando ciertas normas, por ejemplo, no cubrir con pintura las ventanas.

Dibujo de El Roto
Los críticos de arte se interesaron y empezaron a publicarse libros con los grafiti del metro o con los enormes murales que aparecieron en Los Ángeles, producidos por artistas latinos. El grafiti entró así en la categoría de arte.

Otro antecedente que conozco de cerca es el de la pintura ingenua de Haití, producto de una historia donde se mezcla lo sagrado y lo profano, maravillosa recreación de tradiciones y magia ‘negra’ (el término no lo pongo yo). Resulta que hasta la década de 1940, era común que los muros de los lugares donde se  practicaban ritos de vudú estuvieran cubiertos de grafiti con representaciones de los orishas de origen yoruba, transportados a América en el alma de los esclavos africanos. Todavía es común ver estos murales y he fotografiado varios durante los años de mi vida en Haití.

Algunas de esas representaciones tenían tanta calidad expresiva que en 1943 el holandés  DeWitt Clinton Peters, aficionado al arte ingenuo, se le ocurrió pedir a uno de los pintores que representara esos mismos temas sobre un lienzo, de manera que pudiera llevárselo a su país, cosa que no podía hacer con un muro. Así se comercializó desde entonces el arte naif haitiano, que ha generado obras y artistas extraordinarios. Tuve la suerte de conocer personalmente a grandes maestros de ese arte: Wilson Bigaud, Prefet Duffaut, Alexandre Gregoire, Georges Auguste, André Pierre, entre otros.

En Montmartre, París
Los grafiti son una forma de respiración de las ciudades. Sin ellos estaríamos librados a la asfixia de la publicidad comercial, que sería la única referencia de color en el paisaje urbano. Los muros pintados con aerosol o con otra técnica reviven calles antes deprimidas o barrios donde nadie quería caminar. No es solamente una añadido de color e imaginación, sino la representación de que los ciudadanos ocupan el espacio público, se apropian de él.

En nuestra ciudad hay muchos ejemplos, quizás no en las dimensiones que encontramos en otros países porque existe un enorme prejuicio sobre el arte de la calle. Un prejuicio sobre todo marcado por la experiencia del vandalismo que se expresa sin mensaje, sin calidad, sin propuesta. Su única función parece ser la de decir “yo estuve aquí”, un pasaje narcisista tan efímero y superficial como es probablemente la juventud de sus autores.

Mujeres Creando en el Museo Nacional de Arte, La Paz 
A estos ‘grafiti perro’ se oponen los grafiti con contenido, frases poéticas o lapidarias que buscan conmover. Destacan en La Paz los del grupo activista Mujeres Creando, que lleva muchos años plasmando con una caligrafía inconfundible frases como “No saldrá Eva de la costilla de Evo”, “Nosotras parimos, nosotras decidimos”, “Ningún vestido provocador justifica a un violador” y otras marcadas por sus palabras punzantes.

Esos textos ya no irritan a la burguesía sino a la clase media, cada vez más conservadora y corroída por prejuicios sociales y religiosos, como demuestra lo que sucedió con el mural de Mujeres Creando en una de las paredes del Museo Nacional de Arte el 10 de octubre e 2016, cuando un grupo de extremistas cristianos cubrió de pintura blanca mensajes considerados ofensivos a sus creencias. Si aplicáramos la misma intolerancia a la biblia, habría que quemar ejemplares todos los días, por su oscurantismo respecto de la mujer.

Acción Poética, La Paz
Entre los grafiti textuales me gustan aquellos que apelan a la poesía y a los sentimientos. El grupo Acción Poética no tiene la constancia de Mujeres Creando, pero ha dejado en los muros de la ciudad muestras como: “Resbala por mis labios y transfórmate en palabras”.

Hay muros que nos hablan de comportamientos ciudadanos. No son quizás grafiti espontáneos sino motivados por iniciativas institucionales o de colectivos ciudadanos, que sirven para educar a la población, como “La violencia le gusta cuando callas, porque estás como ausente”, sobre el machismo y la violencia contra la mujer. 

Grafiti educativo
                                    
Tradición artística a veces, provocación otras, pero casi siempre expresión creativa, el grafiti con conciencia ciudadana no pretende ensuciar los muros sino comunicar y embellecer.

Los grafiteros se invierten en ellos para dejar huellas, militancias de varios colores, testimonios personales y colectivos. Son conscientes de que su arte es efímero porque cambia, es intervenido por otros, a veces destruido sin motivo y otras recubierto por una propuesta diferente, no necesariamente contestataria de la anterior. Solo el ojo de los fotógrafos permite que conservemos la memoria de esos momentos. Los grafiteros no se preocupan por el ‘mañana’ de su obra o la supervivencia de su expresión creativa. El desafío es precisamente el carácter efímero de cada obra y su trascendencia a través de las miradas y las fotografías.

Unos anónimos, otros con firma, otros reconocibles por su estilo expresivo, en su conjunto construyen una narrativa de los muros que habla de la ciudad, de sus problemas y deseos. Son a veces inscripciones cifradas, mensajes secretos, códigos que pocos pueden entender.

Las técnicas son diversas.  En un reciente paseo por París vi en Monmartre grafiti “pochoir”, que consiste en reproducir una imagen sobre papel, recortarla y pegarla en lugares estratégicos. Hay por lo menos siete categorías diferentes según los materiales que se usan y la intención que persiguen: collages, relieves, aerosol, pintura, papel, fresco, todo vale en esta forma de expresión ciudadana.

A veces, un pequeño cambio altera el sentido del mensaje. En El Alto fotografié hace muchos años un letrero que decía “PROHIBIDO ORINAR”, al que borrándole simplemente la patita de una “R” convirtieron en “PROHIBIDO OPINAR”.

La ciudad estaría desnuda si sus muros no hablaran. La esterilización del espacio público le quita a las ciudades un pedazo de su espíritu. Un muro vacío es como la página en blanco que provoca al poeta.

Habría mucho más que decir al respecto. En lo que a mi respecta, he retomado la buena costumbre que tuve en mi juventud, de recorrer a pie las ciudades con la cámara en mano, buscando en los muros aquellas señales que me interpelan.  
________________________________________    
Dicen que los grafiti ahuyentan a la gente y que son símbolo de la decadencia de la sociedad, pero los grafitis son solamente peligrosos en la mente de tres tipos de personas: los políticos, los agentes publicitarios y los grafiteros.
—Banksy


(Publicado en el suplemento "Tendencias" de La Razón, el domingo 5 de marzo 2017)