25 septiembre 2017

El cine no es inocente

Concluyó a mediados de agosto en Sucre el XIII Festival Internacional de Cine de los Derechos Humanos, un festival excepcional no solamente por el tema de la defensa de los derechos fundamentales, sino también por la enorme convocatoria que tiene en la capital de Bolivia, una ciudad por lo general adormilada y recostada en su glorias pasadas. Su lema esta vez: “El cine no es inocente”.  Yo añadiría, “los cineastas tampoco”.

No estuve allí, a diferencia de dos ocasiones anteriores donde fui miembro del jurado o estuve presentando mi largometraje Señores Generales, Señores Coroneles, pero gracias a la información que me envió el director del festival, Humberto Mancilla, puedo comentar algo. En primer lugar, las películas premiadas.

Un festival no existiría sin las películas y sin el público.  En la categoría de largometrajes, se otorgó el Premio Pukañawi al Ojo Latinoamericano a El caído del cielo (México, 2017) de Modesto López, filmada en Argentina, que narra la historia de un guerrillero arrojado desde un helicóptero sobre un pueblo de la provincia de Santiago del Estero y adoptado como santo por sus habitantes. Se destaca “la infamia y la barbarie que desata la dictadura cívico/militar en todos los rincones del país persiguiendo a todos los argentinos que piensan diferente y quieren un destino social de justicia y equidad para todos”.

La mención especial fue para Las voces del socavón (Argentina, 2016) de Julia Eva Delfini y Magalí Vela Vázquez, producto paralelo a una tesis de doctorado sobre las radios mineras y el Comité de Amas de Casa. Es un documental didáctico que a través de una línea de tiempo, entrevistas, reconstrucciones e imágenes del documental La voz del minero que hice con Eduardo Barrios en 1983, muestra la evolución de las radios mineras desde su origen. Las entrevistas incluyen a actores que vivieron las diferentes etapas y a otros que analizan el tema sin ser realmente especialistas en radios mineras. El discurso se adecua a la óptica actual del gobierno boliviano.

500 years, de Pamela Yates
El Premio Pukañawi al Ojo Internacional (“mirada” sería más apropiada que el “ojo”), premió a 500 años (Estados Unidos, 2017) de Pamela Yates sobre el juicio del ex general y ex presidente Efraín Ríos Montt, causante de las más cruentas masacres de opositores e indígenas en Guatemala, con su política de “tierra arrasada”. Por los ocho años que viví en Guatemala, el tema me toca de cerca, y Pamela conoce muy bien Guatemala desde que en 1983 dirigió Cuando tiemblan las montañas.

En la categoría de mediometrajes el premio “internacional” se lo llevó Colombia, veneno contra veneno (Francia, 2016) de Marc Bochage, el “latinoamericano” fue para Ríos de patria grande (Argentina, 2016) de Joaquín Polo y el de Bolivia se lo llevó Umaturka: el llamado del agua (Bolivia, 2106) de Giovanna Miralles y Peter Wilkin. El jurado fue muy parco al referirse a este documental antropológico, que rescata una tradición importante del altiplano.

No me parece una buena idea tener subcategorías para las películas bolivianas, latinoamericanas e “internacionales”, como si no pudieran competir todas juntas en igualdad de condiciones. ¿Unas son menos que otras? Y por supuesto, en el caso de co-producciones, es una trampa. Lo mejor sería tener secciones de ficción, documental y animación, como en tantos festivales.

La lucha, de Violeta Ayala y Daniel Fallshaw
La lucha (The fight) de Violeta Ayala y Daniel Fallshaw (Bolivia-Gran Bretaña, 2017) se llevó el Premio Pukañawi al Ojo Boliviano en la categoría de cortometrajes, lo cual me alegró mucho pues el film hace un seguimiento muy eficiente y comprometido de la lucha de los discapacitados que recorrieron 380 km para pedir un subsidio estatal y a su llegada a La Paz fueron apaleados, gasificados y maltratados durante varias semanas por las represión del régimen de Evo Morales que ni siquiera se dignó a recibirlos.

Por supuesto, se otorgaron como siempre varias menciones en cada categoría, pero no hay espacio aquí para mencionar las menciones, valga la redundancia.

Como es costumbre, los miembros del jurado (entre los que solo conozco el trabajo de Víctor Gaviria, Marcos Loayza y Cecilia Banegas), firmaron un manifiesto por las buenas causas, donde se lamenta la falta de políticas públicas de apoyo a la cinematografía boliviana, en lo cual estamos muy por detrás de otros países de la región (pero somos campeones en canchitas de césped sintético).

Sin aludir directamente a CONACINE se recomienda “la creación de instituciones autónomas y descentralizadas de fomento al cine y el establecimiento de políticas locales de incentivo a la producción cinematográfica”. Con este gobierno, no pasará ni en sueños.

Otro tema sobre el que ya me he expresado otras veces es esa manía de pedir apoyo para nuevas burocracias de capacitación y formación cinematográfica, cuando la realidad es que tenemos en América Latina más que suficientes, y por último, lo que falta son talentos cinematográficos, no técnicos. Falta gente que piense el cine antes de apretar el botón de una cámara.

Se hace también un llamado a la creación de “cinetecas locales” que llama mi atención porque el texto parece reducir el papel de las cinetecas a la difusión de películas nacionales. Una cineteca, filmoteca o cinemateca, tiene como función principal la preservación de archivos fílmicos.  Para la difusión, otras iniciativas son bienvenidas, como este festival, por ejemplo.

La creación en Sucre de la Cineteca de Derechos Humanos, por iniciativa de Humberto Mancilla y Pukañawi, es una propuesta válida porque se trata de acopiar películas que específicamente tratan el tema de derechos humanos. Uno puede pensar en archivos fílmicos especializados en algunos temas, pero sin ignorar que ya tenemos una Cinemateca Boliviana.

Por ello, es triste constatar que la declaración ni siquiera menciona a la Cinemateca Boliviana, que es la institución creada hace 41 años que realmente necesita el apoyo de todos. Es más, el lenguaje de la declaración, el pedido de aprobación de una nueva Ley de Cine (promovida por el Ministerio de Culturas con cláusulas que atentan contra la independencia de la Cinemateca Boliviana), huele a velada conspiración que no le hará bien al cine boliviano, ya bastante vapuleado por la indiferencia del Estado o, peor, por los intentos del gobierno de controlar ese espacio y otros espacios de generación de cultura. 

Temo  mucho la duplicación de esfuerzos, al igual que he escrito sobre las pretendidas "carreras de cine" donde todos quieren ser "fundadores" de algo nuevo, cuando ya tenemos la Escuela Andina de Cinematografía, creada por Jorge Sanjinés.

La Cinemateca Boliviana creada en 1976, ha logrado recuperar el 80% de la producción fílmica del país a pesar de las enormes dificultades económicas por las que atraviesa. 

Sin la Cinemateca Boliviana, nada.  Con la Cinemateca Boliviana, todo. 

(Artículo publicado en Página Siete el domingo 10 de septiembre 2017)
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Nacionalismo y patriotismo son dos de las fuerzas más maléficas que hemos conocido en este siglo, o en cualquier siglo, causando más muertes y guerras y destruyendo al espíritu y muchas vidas humanas de manera más masiva que cualquier otra cosa
—Oliver Stone


21 septiembre 2017

Joven calavera

La primera vez que vi Viejo calavera fue cuando estuve como miembro del jurado de largometrajes en el Festival Pachamama Cine de Fronteras, en Río Branco (Brasil) en noviembre de 2016. Luego de ver todas las películas seleccionadas, coincidimos en tres que merecían ser premiadas. Otorgamos el Premio Pachamama a la Mejor Película a Martirio (Brasil, 2016) documental de Vincent Carelli, el Premio Especial del Jurado a otro documental Ejercicios de la memoria (Paraguay, 2016) de Paz Encina, y el Premio a la Mejor Dirección a Viejo calavera (Bolivia, 2016) de Kiro Russo.

Me tocó escribir el breve párrafo de la justificación del premio a la película de Russo y mencioné el carácter expresionista de la imagen, que fue lo primero que me marcó. En días pasados me tocó abordar de nuevo el film de Russo cuando la Cinemateca me invitó a participar en el comité de selección que decidió postular a Viejo calavera para los Oscar y para los Premios Goya, por amplia mayoría sobre los otros largometrajes presentados.  

García Márquez decía que una buena novela se reconoce en las diez primeras páginas. Podríamos decir lo mismo de una película: los diez primeros minutos son determinantes, y la fotografía de Pablo Paniagua fue mi puerta de entrada a esta obra. Es una fotografía muy contrastada, que hunde al espectador en una oscuridad casi absoluta para obligarlo a ver más, a escudriñar el drama entre las sombras.

La imagen remite al expresionismo del cine alemán de Pabst o Murnau, y si no queremos ir tan lejos, a las escenas nocturnas de Yawar Mallku (1969) de Jorge Sanjinés. Es un film que deja la percepción de ser en blanco y negro porque las imágenes más memorables son aquellas que transcurren en el interior de la mina o en el campamento minero donde los personajes, vivos o muertos, se desplazan como sombras en medio de la oscuridad casi absoluta.

El hilo conductor es un walaychu insoportable que acaba de perder a su padre, un “joven calavera” no tan elegante ni adulto como el de Buñuel, pero el título del film es acertado porque Elder Mamani, minero que detesta el trabajo en la mina del cerro Posokoni en Huanuni, parece envejecido por dentro, siente que no tiene horizonte en su vida y vive como si ésta se estuviera acabando o quisiera acabarla de una vez.

Adopta conductas que son reprobadas por sus propios compañeros de trabajo: vive en un estado permanente de ebriedad y es violento con los demás, incluyendo a su propia familia. Aun así es tolerado y protegido por su tío Francisco que lo apadrina con la esperanza de que cambiará su comportamiento.

Si bien la dureza de la vida en las minas es evidente a lo largo del filme, lo que más se destaca es la ausencia de perspectivas y de horizonte, lo que contribuye a crear un ambiente asfixiante que la fotografía interpreta muy bien. Las únicas secuencias que permiten respirar otro aire son las del viaje a Yungas, una inclusión acertadísima para escapar del estereotipo de las películas cien por ciento mineras.

Paradójicamente, aunque la principal difusión del film han sido los festivales internacionales (donde ha cosechado menciones y premios, algunos de ellos verdaderamente valiosos), no hace concesiones en su manera de retratar la manera como hablan los principales personajes. Eso es bueno aunque haya que subtitular el “castemillano” (como dice Silvia Rivera) poco comprensible en un ambiente que no sea el de las minas.

La elección de Julio César Ticona para interpretar el personaje central de la película no podía ser más acertada, porque lo que hace Ticona es interpretarse a sí mismo, pero esta vez con plena conciencia y no embrutecido por el alcohol o las drogas. Eso quiere decir que tiene potencial como actor, es genuino, convence.

Las elecciones que hace el director de la película son importantes. Viejo calavera evita casi todos los lugares comunes en los que con demasiada frecuencia cae el cine boliviano. Es un filme cuya sobriedad impacta, donde los silencios son más importantes que las palabras, donde los rostros dicen más que las descripciones de los personajes.

No es una película que quiera o pretenda explicar el mundo minero, porque  ese mundo está ahí sin necesidad de indagar más sobre él. Es un escenario natural de vida y muerte del que los personajes no pueden zafarse aunque viajen a una zona subtropical. La mina es como un imán que jala hacia adentro, no hay explicación racional ni emocional, simplemente es así.

Viejo calavera ha hecho correr mucha tinta lo cual es bueno. He leído algunos comentarios que transmiten la sensación de asfixia y la oscuridad sin horizonte que siente el espectador. Otros comentarios son menos acuciosos, demasiado descriptivos. En todo caso, el filme se ha con vertido en un fenómeno gracias al hábil movimiento que se ha generado en festivales chicos y grades, acompañado por la crítica mayoritariamente benévola.

Lo que queda pendiente es el público boliviano.  Nuestros espectadores se han convertido en un público apático, bastante ignorante y poco interesado en el cine boliviano.  Cuando se interesa, es en aquellas películas que menos bolivianas parecen visualmente. Ojalá que la película de Kiro Russo y Gilmar Gonzáles (excelente guionista) abra puertas para que el público boliviano recupere su sensibilidad y compromiso.

No incluyo a Viejo calavera en el grupo de nuevas películas de jóvenes realizadores bolivianos que buscan una ruptura con el cine boliviano de Sanjinés y de otros importantes realizadores de generaciones anteriores. Hay precedentes claros y deudas bien pagadas, porque el filme trasciende como obra y se despega de referentes anteriores.

Junto a las películas recientes de Miguel Hilari, Alejandro Pereyra, Tomás Bascopé, Denisse Arancibia, Diego Revollo y otros, el cine boliviano está en una nueva etapa creativa. Las miradas frescas de estos autores enriquecen nuestro cine por su honestidad y compromiso, un cine que “se levanta airoso por encima del cine parido en la mediocridad de un patrioterismo barato o en la vulgaridad de un shopping”, según la acertada frase de Carlos Villagómez.

No me queda la menor duda de que Kiro Russo es un cineasta con talento y compromiso. Su juventud es sinónimo de esperanza y Viejo calavera es una prueba de la seriedad y meticulosidad con que encara la producción cinematográfica. Podemos esperar mucho de él.

(Una versión inicial del artículo se publicó en Página Siete el domingo 18 de junio 2017)
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Las manos son del exilio que es una muerte suspendida,
hombres obligados a la desmemoria de sus pasos.

—Andrea Crespo Granda