27 marzo 2017

La mirada cuestionada

Reflexionar sobre el cine boliviano es una actividad a la que pocos nos dedicamos: algunos críticos de cine y contados realizadores. Menuda paradoja: la mayoría de los cineastas bolivianos no reflexiona sobre el cine sino que lo produce en piloto automático como quien fabrica salchichas. Que se den por aludidos los que se den por aludidos.

Al fin y al cabo, ¿a quién le importa nuestro cine? Al gobierno casi nada, si comparamos con otros Estados de la región, bien dotados de políticas que favorecen con dinero contante y sonante la producción y difusión del cine nacional. ¿Al público le interesa? Menos. Los espectadores se han convertido en masas dóciles capaces de tragarse El nieto de Terminator o Batman regresa por enésima vez, con la misma facilidad con que se tragan un balde de pipocas con olor a mantequilla rancia y sorben ruidosos una soda de agua negra.

Entonces, la reflexión sobre el cine boliviano y sobre el cine en general parece estar limitada a un grupo tan pequeño como selecto, donde por desgracia no abundan los más jóvenes. Estos se sienten superiores por el solo hecho de tener en las manos un teléfono más inteligente que ellos. Podría decir mucho más sobre esa generación de autistas colectivos, pero como no leen periódicos, tampoco se enterarían.

Hace unos meses coordiné para el Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (SIFDE) del Órgano Electoral Plurinacional (OEP) un ciclo de “Cine y democracia” en el que programamos cinco buenas películas sobre temas de democracia y participación: El coraje del pueblo, No, Milk, Las sufragistas y El acto de matar. El ciclo se presentó en la Cinemateca Boliviana durante una semana y tuvo un público diverso como el que frecuenta esa casa del cine.

La semana siguiente, el ciclo se programó en la Universidad Pública de El Alto (UPEA) y a pesar de nuestras expectativas de ver a los estudiantes alteños llenar el auditorio, lo que constatamos fue una apatía cavernaria. De nada valió la publicidad, la impresión de carteles y la entrada gratuita, los estudiantes llegaron como con cuentagotas, poco interesados. Mucha universidad para tantos apáticos que preferían bailar caporales en el patio en lugar de ver cine (o leer un libro, pero ya es mucho pedir).

Algo grave está pasando con el cine boliviano, porque tenemos una nueva generación de cineastas, algunos talentosos y otros mediocres, y un público que le da la espalda no solamente al cine nacional sino también a todas aquellas películas que los hacen pensar en la vida. La flojera de pensar es tremenda en los jóvenes, sobre todo en los que han sido catalogados como millennials (nacidos entre 1981 y 2000), permanentemente conectados a prótesis electrónicas a través de las cuales reciben ingentes cantidades de información que son incapaces de procesar. Sus implantes de audífonos me hacen pensar en los burros con orejeras: solo ven en una dirección.

Alfonso Gumucio y Paolo Agazzi
Me invade un sentimiento contradictorio luego de esta semana intensa de las Jornadas del Cine Boliviano. La mirada cuestionada, dedicada al cine boliviano y a Luis Espinal, organizada por la revista virtual Cinemascine y la Fundación Cinemateca Boliviana con el apoyo del Centro Cultura de España (CCE) y la Cooperación Española.

Me contagia el entusiasmo de los organizadores y de los participantes en las actividades que se desarrollaron de lunes a viernes, incluyendo el Día del Cine Boliviano en que la Cinemateca Boliviana tuvo la iniciativa de otorgarme el Premio Semilla (no precisamente por mi juventud si no por unas semillas plantadas hace cuatro décadas).

El resto de los días estuvo dedicado a mostrar cine boliviano para todos los gustos, y las noches fueron consagradas a debatir temas de cine, es decir, a reflexionar colectivamente sobre el lugar que el cine ocupa en la vida de los bolivianos.

Umaturka, de Giovanna Miralles y Peter Wilkin
Pude ver el estreno de un documental de corto antropológico, Umaturka: el llamado del agua (2017) de Giovanna Miralles, orureña radicada en Inglaterra cuyo esposo, Peter Wilkin, registró meticulosamente una tradición que conserva la comunidad del Santuario de Quillacas, muy cerca del lago Poopó. Es importante pensar que los ritos pueden tener alguna influencia, si no en las nubes por lo menos en la identidad comunitaria que a veces se seca, como el lago.

Las mesas de diálogo abordaron temas diversos con el concurso de especialistas de experiencia y nivel, gente que piensa. El lunes “Pedagogía de la mirada en Bolivia” reunió a Liliana de la Quintana, Beatriz Linares y Rafael Velásquez, con la facilitación de Sergio Zapata. ¿Cómo miramos y qué aprendemos de nuestras miradas de la realidad a través del audiovisual? ¿Cómo enseñamos a mirar a los más jóvenes? Seguramente Liliana de la Quintana, que trabaja con jóvenes desde hace tanto tiempo, fue más positiva que yo  con relación a las nuevas generaciones.

El miércoles hubo un debate en torno a las “Representaciones sociales en el cine boliviano” donde, me dicen, María Galindo del grupo Mujeres Creando, llevó la voz cantante (no necesariamente para complacer a los oídos mejor dispuestos). Pablo Barriga y Hanan Callejas acompañaron ese panel moderado por Eduardo Paz.

De izquierda a derecha: Alfonso Gumucio, Pedro Susz,
Sebastián Morales, Ricardo Bajo, Alba Balderrama y Santiago Espinoza
Me tocó participar en los dos conversatorios finales. El jueves abordamos “La crítica de cine” en una mesa variada, con críticos de mi generación, como Pedro Susz y otros más jóvenes como Ricardo Bajo, Alba Balderrama, Santiago Espinoza y la moderación de Sebastián  Morales. Las perspectivas generacionales no impidieron establecer acuerdos básicos sobre el empobrecimiento de la capacidad crítica de los espectadores bolivianos y el facilismo en el que caen muchas veces los nuevos directores de cine, muy pagados de si mismo pero no siempre a la altura de los desafíos.

La última mesa, del viernes, abordó a “Jorge Sanjinés en el cine boliviano” y mi primera sorpresa fue constatar que Jorge no había sido invitado, lo cual me pareció un gran fallo, y lo dije cuando me tocó hablar. Compartí esa mesa moderada por Santiago Espinoza, con Andrés Laguna que ha regresado de Europa bien armado de instrumentos teóricos, con Verónica Córdova que habló del contexto del Nuevo Cine Latinoamericano en el que Jorge Sanjinés surgió internacionalmente, con Diego Mondaca que ha trabajado con Sanjinés en los dos largos más recientes, aunque habló poco de esa experiencia. Yo me limité a narrar mis 45 años de relación episódica con Jorge, los proyectos en los que participé, nuestras distancias y acercamientos.

En fin, una semana bien llena de ideas, aunque no tan llena de público. El cine boliviano está en la cuerda de los equilibristas.
_________________________________________________________ 
La tarea de un crítico consiste en escribir notas que nadie lee acerca películas que nadie ve.
—Pedro Susz